diumenge, 4 de novembre de 2012

He is your friend! (by Nini)


La semana pasada me fui de viaje de trabajo a Atenas y al volver tuve que coger un avión con escala en París porque no hay ningún vuelo directo a Barcelona los miércoles, la crisis ha recortado la frecuencia de vuelos en el sur de Europa. En el tramo de Atenas a París me pasó algo sobre lo que no paro de pensar y cuántas más vueltas le doy más me hierve la sangre.

Yo iba sentada en la ventanilla y a mi lado se sentó un chico asiático de unos 25 años que durante el vuelo me hizo un par de preguntas a base de señas y onomatopeyas, no sabía casi nada de inglés. Era un chico con un comportamiento peculiar aunque me recordaba otros asiáticos con los que me he cruzado antes, por ejemplo me quitó la revista de las manos para poderla mirar él, en lugar de coger la suya, miraba la pantalla de mi ordenador mientras yo escribía, sin disimular en absoluto, hablaba por el móvil casi hasta el despegue del avión cuando yo le sugerí que lo apagara…

Al acabar el vuelo, me levanté para salir y el chico me siguió y me dijo “Taxi?” y yo le contesté que yo no taxi, pero que le señalaría el camino. Cuál fue mi sorpresa cuando justo al bajar del avión y atravesar el finger había una pareja de policías que le pidió el pasaporte. Mientras él se lo enseñaba, yo me paré un poco más adelante para comprobar que lo llevaba todo en la bolsa y, de paso, enterarme porque le pedían el pasaporte. ¡Qué inocencia la mía! Al cabo de dos segundos el policía se me acerca gritando que le enseñe la documentación, porque según él, el tío del avión era mi amigo. Empezó a gritarme “He’s your friend! He’s your friendo!” yo negaba con la cabeza pero el policía no me dejaba hablar. Me arrancó el DNI y se fue con él sin darme ninguna explicación. Yo estaba muy nerviosa porque si el policía decidía retenerme allí yo iba a perder mi conexión a Barcelona. Además parecía que le daba igual lo que yo dijera, pues él había hecho su juicio: el chico era culpable y yo era su cómplice. Al final me escuchó cuando le dije que no era mi amigo, que por azar se había sentado a mi lado en el avión pero que yo no lo conocía de antes y que yo tenía un vuelo a Barcelona que iba a perder. Después de gritar un par de veces más y decirme que estaba mintiendo, miró el documento y me lo devolvió. Yo interpreté que me podía ir, lo cogí y dije “Can I leave?” mientras me alejaba rápido para que no tuviera tiempo de cambiar de idea. A todo eso el asiático “criminal” seguía allí retenido con cara de no entender. Valga decir que a todos los asiáticos del vuelo les pidieron la documentación del mismo modo que a él: a grito de “Passport!”. Debido a la manera tan ruda en que interpelaban a la gente una señora al enseñarlo le pregunto cuál era el problema y de qué se la acusaba.

Mientras me alejaba no dejaba de pensar que realmente las personas no tenemos derechos, se nos puede menospreciar de un modo brutal, se nos puede retener sin prueba alguna y sin ni siquiera darnos una explicación, simplemente porque a un policía les parecemos sospechosos. No hay ninguna presunción de inocencia, no hay ninguna educación por parte de los agentes del orden: ellos mandan, ellos son los perros fieles del poder y ellos están ahí para evitar cosas muy graves como que un inmigrante sin papeles se cuele en nuestro amado continente. Y eso les da pleno derecho para tratar a cualquier persona como a una mierda, al supuesto inmigrante ilegal y al individuo que se le siente al lado en el avión.  

Es triste darse cuenta de que estamos indefensos ante una policía que lo único que le importa es salvaguardar los intereses de unos pocos, porque hay otros delitos que no se persiguen con tanto empeño. De hecho, mientras las personas no tenemos derechos a movernos libremente, el dinero (y sus dueños) transitan libremente por el mundo sin apenas pagar impuestos y sin dar explicaciones. También las armas van y vienen o las mujeres obligadas a prostituirse. Cada vez hay una mayor liberalización de los capitales para que fluyan sin barreras mientras los seres humanos estamos recluidos en las naciones donde nacimos sobre todo si estas naciones son pobres.

Esto, además de injusto y completamente contrario a los derechos humanos, es puro racismo. El policía se vio en el derecho de interpelar a todos los asiáticos porque son sospechosos por su raza, seguramente a los negros les podría haber pasado lo mismo. Por suerte soy blanca y por eso finalmente el policía decidió que me debía dejar marchar. 

Elaine Hervello

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