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dilluns, 19 d’abril del 2010

¿Cuál es el grado de violencia aceptable? (de Nini)

Como pacifista, naif y cursi que soy a veces pienso que tendríamos que ser capaces de extinguir la violencia de la vida, pero es evidente que esta idea no aguanta dos minutos de reflexión. Probablemente yo misma ejerzo más violencia aceptable de la que quisiera. En cualquier caso, hay un grado a partir del cual es terrorífica, o bien porque forma parte de un sistema inflexible como en La cinta blanca, la última película de Haneke, o bien porque lo invade todo como en 2666, la novela de Bolaño, que aborda en cierta manera la historia de la humanidad, que lo es también de la crueldad.

Haneke suele reflexionar sobre la violencia en su cine y en esta última película lo hace de manera magistral. La cinta blanca, esconde tras unos planos poéticos y bellísimos, una sociedad inhumana y podrida que lleva hasta las últimas consecuencias la necesidad de castigar aquellos que no se avienen a sus reglas. Me entusiasma, además de la perfección de cada plano, esa aparente frialdad y distancia que utiliza Haneke para no caer en la sensiblería o en el dramatismo. La película tiene un ritmo de crescendo lento que hace disfrutar al espectador a la vez que se va horrorizando cuando va cayendo en la cuenta de lo que realmente está pasando y de cuán acertada es la tesis de Haneke.
La educación a la que están sometidos los niños protagonistas de la película de Haneke les hace crueles y rígidos, duros y fuertes. Les prepara para la guerra, para ser implacables sin cuestionarse. Esta violencia se imparte con la coerción hasta penetrar en todos los rincones de la mente y de la vida. Haneke pinta el estado del miedo, en que todos pueden impartir castigos y no hay permiso para ser débiles o mostrar sentimientos.


La violencia es un tema que me tiene fascinada, en 2666, Bolaño habla de ella en todas sus formas: violencia cotidiana, que ejercemos y aceptamos en nuestras relaciones de amistad, familia, pareja o laborales hasta la violencia de la policía, de los poderosos, de los narcos, pero también de los machos sobre las hembras, de los blancos sobre los negros, de las élites, de los mediocres, de los corruptos, en definitiva de todo aquel que en un momento preciso ostente el poder. Y por qué no la violencia que ejercemos sobre nosotros mismos al obligarnos a ser quien no somos, al callarnos cuando queremos gritar y al aceptar un mundo tan zafio.

Haneke y Bolaño me dejan preguntándome ¿cómo parar esta espiral de violencia, cómo podemos escabullirnos de ella, cómo ser Archimboldi y vivir al margen de la sociedad? ¿Cómo escaparse de un mundo en el que Ciudad Juárez es posible? ¿Cómo no ser parte de las guerras y de la explotación? ¿Cómo luchar contra la barbarie? ¿Cómo dejar de ser un intelectual que se refugia en el ficticio mundo de las aulas y los libros?

La violencia es la base de la convivencia en sociedad a la par que es su mayor amenaza. Y cómo negar que la violencia es también diversión y placer, si no que se lo digan a Tarantino o a un masoquista. Y muchos tenemos cierta dosis de masoquistas. Michael Haneke ha elegido este tema como centro de su filmografía porque es algo esencial en el ser humano, es consustancial a la propia vida. La violencia es necesaria, es deseada y es estética. Además genera fascinación y es parte de la poética humana, del heroísmo y la épica.

La violencia forma parte del poder del estado, de la religión y está legitimada en miles de ocasiones. Un pacifista es un iluso, porque defenderse es necesario. Sin embargo, a veces, la política, la prensa, la sociedad, suele reaccionar a la violencia de un modo tan demagógico que da asco. La utiliza para repartir populismo, otra forma más de violencia: endureciendo leyes, alargando penas, repatriando inmigrantes. Con el objetivo de hacernos creer que hay alguien que nos preserva de la violencia, que parece patrimonio de malhechores, cuando otro tipo de violencia campa a sus anchas. La violencia va de la mano del capital cruzando fronteras sin necesidad de pasaporte.

Hasta hace relativamente poco existían ejecuciones públicas en Barcelona y era normal, la violencia es así, es una convención social y legal a veces arbitraria. Pero, ¿cuál es el límite? ¿Cómo reducir esa dosis de violencia aceptada? Quizás hay que recuperar la sensibilidad que cada día parece más atrofiada. Pero ¿cómo dotar a los que ostentan el poder de sensibilidad?

Recomiendo la filmografía completa de Michael Haneke, pero especialmente La Cinta Blanca. Y recomiendo Putas Asesinas y 2666 de Roberto Bolaño. Saquen sus propias conclusiones.